Los frascos de Mermelada

(Un cuento para navidad)

Por: Elizabeth Toro - Paz Peña

En un rincón del campo chileno, donde el peumo se mecía con el viento y los gallos cantaban al amanecer, vivían una abuela y su nieta en una casita sencilla.

Las dos trabajaban juntas: recogían las moras silvestres o la fruta de estación que tuviesen a mano, las limpiaban en la fuente de greda y luego las cocinaban con azúcar y mucha paciencia para hacer la mermelada.

De vez en cuando, el trabajo se hacía pesado, sobre todo en las tardes de diciembre, cuando el sol golpeaba el campo y el calor hacía más difícil limpiar, mezclar, revolver, cocinar y esperar… y a veces apenas alcanzaba para llenar un solo frasco.

losfrascosdemermeladaLa abuela, con voz suave, decía:

—Un frasco es poco, pero es fruto de nuestro esfuerzo. Algún día podremos hacer más.

Esa noche, cuando ambas dormían, unos duendecitos de campo que las habían estado observando, salieron de entre los boldos y peumos. Con pasos menuditos entraron en la cocina, llevando cada uno un saco de moras silvestres del bosque. Se dispusieron a preparar una exquisita mermelada que llenó toda la casa con el dulzor de la fruta. Luego dejaron todo limpio y dispuesto para comenzar el siguiente día.

A la mañana siguiente, al ver el frasco terminado y brillante sobre la mesa, la abuela decidió venderlo en la feria del pueblo. Con el dinero que ganó pudo comprar moras frescas y un poco más de azúcar.

Así, con la ayuda de su nieta, hicieron una olla de mermelada que dejaron reposar.

Esa noche, otra vez, los duendecillos aparecieron. Lavaron, revolvieron, llenaron tres frascos, y al amanecer todo estaba listo y ordenado.

Con la venta de esos tres frascos, la abuela pudo comprar aún más fruta y más azúcar. Ahora alcanzaba para preparar siete frascos de mermelada.

La niña trabajaba feliz, limpiando las moras y lavando los frascos con sus manitos pequeñas, mientras los duendecillos, al caer la noche, ayudaban sin ser vistos.

Y así fue creciendo la abundancia: de un frasco pasaron a tres, de tres a siete, de siete a muchos más, hasta que el puesto de la abuela en la feria del pueblo se hacía cada vez más famoso, incluso más allá de los cerros, por sus exquisitas mermeladas. Con el dinero de las ventas, abuela y nieta pudieron abastecerse para el otoño e invierno que se avecinaba.

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Entonces la abuela dijo a su nieta:

—Es tiempo de agradecer.

Juntas buscaron retazos de lana y tela, y cosieron y tejieron con paciencia pequeños ponchitos y zapatitos de colores. También hicieron pancitos amasados en el horno de barro, y pusieron en un cuenco un poco de la mejor mermelada.

Aquella Nochebuena dejaron los regalos sobre la mesa.

Los duendecitos llegaron en silencio. Cuando vieron la ropa y los pancitos, sus ojos chispearon de alegría. Se vistieron con los ponchitos y bailaron en ronda, mientras probaban la mermelada con sonrisas dulces.

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Al llegar la primera luz del alba, partieron saltando hacia los árboles y no volvieron más.

La abuela y la nieta, aunque ya no los vieron, siguieron trabajando con alegría, porque habían aprendido que el amor en el trabajo atrae ayuda invisible, y que la gratitud abre el corazón y lo llena de abundancia.